sábado, septiembre 15, 2007

Hamlet, ud y yo somos víctimas de la modernidad

Todo esto empieza con una discusión sobre la modernidad y su efecto en nuestras vidas. Inicialmente nos encontramos con la modernidad como un proceso beneficioso y apabullante para la humanidad, que tiene como motor la apología a la razón, es decir, a como el ser humano es capaz de encontrar las respuestas a sus preguntas por medio del uso de su conocimiento y experiencias, más que por una explicación finalista, particularmente cuando hablamos de Dios y le achacamos la culpa de todo lo que nos sucede, sea bueno o malo. El uso de la razón, según algunos autores, nos lleva al desarrollo de la libertad y por ende a la felicidad, algo que considero de dudosa exactitud, por la gran cantidad de vacíos y efectos que puede tener en nuestras vidas, creando ese golpe entre quienes éramos y quienes somos, las preguntas y respuestas a las incongruencias del espíritu y de lo emocional. Tenemos un gran avance en lo científico y tecnológico, pero hemos dejado atrás una gran porción de la vida humana, el ámbito subjetivo y emotivo que caracteriza nuestras vidas, que ha sido víctima de sacrificios ante las necesidades inmediatas.

La modernidad se ha caracterizado de diversas maneras, particularmente dependiendo del enfoque o la necesidad que se quiera solventar, pero prefiero enfocarme en la que me ha enganchado últimamente que es la separación entre la razón y lo mitológico. Como un huracán se nos ha implantado modernidad, y muchos vivimos este proceso durante nuestras vidas cuando encontrábamos soluciones simples a los fenómenos y poco a poco a través del estudio nos fuimos dando cuenta que las situaciones tenían explicaciones concretas, más allá de lo que podíamos imaginar o intuir. Este golpe de los torrentes de conocimiento, nos ha llevado muchos a confusiones casi que enciclopedistas, es decir, tener tanto acceso a la información y a tantas fuentes e interpretaciones, que nos perdemos en la maraña de las explicaciones objetivas, que describen el mundo muy eficientemente, pero han carecido de la posibilidad de hacernos felices o encontrarnos respuestas eficaces a lo que realmente muchos queremos, que es plenamente la felicidad y la paz espiritual. Habermas tenía razón cuando se refería a “la razón que se presenta en esa forma cuasirreligiosa que es el humanismo culto ya no desarrolla ninguna fuerza sintética capaz de sustituir el poder unificante de la religión tradicional.” Esto es por ese significado emotivo que tenía la respuesta de la espiritualidad hacia nuestro ser, llenarnos de gratificación por una creencia en el ser supremo que interviene en nuestras vidas crea un sentimiento bastante reconfortante, de saber que nuestra vida y lo que nos sucede no depende solamente de nosotros, sino de los designios de alguien que tiene un plan predeterminado para nosotros. Aquí es cuando nos encontramos la respuesta a muchas preguntas. “Soy pobre” “es porque Dios quiere que así sea”. “Me violaron” “Dios sabrá porque hace las cosas”, etc. Incluso, una frase en inglés caracteriza bastante bien esa incertidumbre que nos da seguridad, cuando se dice “god beams in mysterious way”. Podemos justificar lo que nos sucede, el orden natural de lo que nos sucede negativamente, meramente porque creemos en una inteligencia superior que nos las designa, y esto aplica también para lo bueno. “Soy rico” “Porque Dios me bendijo”.

La modernidad, y su arcangélica razón, nos separa de esto y nos lleva a cuestionarnos realmente porque somos pobres, porque me violaron, o porque soy rico. Y nos deja solos con nuestra capacidad humana, que ha logrado encontrar muchas respuestas, pero considero que no somos lo suficientemente inteligentes como para solventar muchas necesidades emocionales. Hemos logrado explicar el movimiento de los planetas, el cambio climático, la biología nos ha llevado a explicaciones de casi todo lo vivo; pero ningún desarrollo científico o filosófico nos ha logrado hacer felices. Respuestas a preguntas de ¿Quién soy?, ¿Por qué estoy aquí?, ¿Cómo hago para ser feliz? No han podido siquiera vislumbrar una respuesta dentro de las fantasías y beneficios de la humanidad. Odio tener que citar a Marx, pero tenía razón cuando al referirse a la modernidad, expresaba que “Por un lado han despertado a la vida unas fuerzas industriales y científicas de cuya existencia no hubiese podido sospechar siquiera ninguna de las épocas históricas precedentes. Por otro lado, existen síntomas de la decadencia que superan en mucho a los horrores que registra la historia de los últimos tiempos del Imperio Romano”. Bastante irónico es que Marx dijera esto y tuviera tanta razón, incluso cuando no vivió en la era de la explosión tecnológica de finales del siglo XX y tampoco vivió las carnicerías humanas que significaron las 2 guerras mundiales y el desarrollo del comunismo a nivel mundial.

Marcuse nos habla de que la razón nos lleva a la libertad, pero un hombre solitario, abnegado por el vacío espiritual y con dudas sobre su existencia es libre, pero infeliz. La apología a la razón y a la libertad que intenta hacernos felices con brindarnos la oportunidad de razonar lo que queremos, no implica el fin último de la existencia, sino un mecanismo para llevarnos a elegir lo que podamos considerar beneficioso para nosotros mismos, en búsqueda de una mejor condición de vida, ergo, felicidad. Y para pruebas un botón, por ahí de los inicios de la modernidad, en los rumbos de 1602, Shakespeare en su enorme grandeza empieza a ser víctima de los principales desarraigos de la modernidad, y empieza a buscar respuestas que le desconciertan. Su subyugación ante lo razonable, lleva a Hamlet por caminos de la duda y de la desesperación, incluso de la muerte y lo que pueda ser más allá de ella. La separación entre la creencia de morir y entrar al reino de los cielos, y la posibilidad de morir y no encontrar nada más allá porque todo es desconocido, le lleva a producir uno de los más grandes monólogos que la humanidad haya tenido la capacidad de compartir.

Ser o no ser... esa es la cuestión.
¿Qué es más noble para el alma, sufrir
las pedradas y flechas de la airada fortuna
o alzarse en armas contra un mar de problemas
y por oposición cesarlos? Morir, dormir...
no más; y decir que con un sueño cesamos
el dolor de corazón y los mil golpes naturales
de los cuales la carne es heredera... es una consumación
devotamente deseada. Morir, dormir,
dormir... tal vez soñar. Ah, ese es el obstáculo.
Pues en ese sueño en muerte, ¿qué sueños sobrevendrían
cuando despojados de esta atadura mortal
hallemos paz? Esa es la razón
que hace a la desgracia tan longeva.
Pues, ¿quién soportaría los azotes y desprecios del tiempo,
la injusticia del opresor, el insulto del soberbio,
las heridas del amor no correspondido, el retraso de la justicia,
la insolencia del gobernante, y los ultrajes
que el paciente merito recibe del indigno,
cuando puede a si mismo silenciarse
con una simple daga? ¿Quién podría soportar estas cargas,
gruñir y sudar en una vida de cansancio,
sino es por miedo a algo tras la muerte
(país por descubrir, de cuyas fronteras
ningún viajero retorna) que devana la voluntad,
y nos hace soportar esos males que padecemos
antes que volar hacia otros desconocidos?
Así la conciencia nos hace cobardes a todos;
y así el natural color de la resolución
enferma con el pálido molde del pensamiento,
y empresas de gran esencia y trascendencia
con este honor sus corrientes tuercen
y pierden el nombre de acción.

Aquí nos encontramos con dos asuntos interesantes, primero la duda de Hamlet. Su incapacidad de reconocer lo que exista en el más allá, le ayuda a soportar los malestares de la vida. La pérdida de una esperanza de vida mejor, le lleva a preferir sufrir antes que lo desconocido, perdiendo toda razón de existencia mas no enfrentarse a la oscuridad que puede enmarañar a la muerte. Posteriormente, podemos darnos cuenta que esa duda, esa utilización de la razón para encontrar solución a los problemas, le crea un vacío espiritual que le hace considerar la muerte, la no existencia. Sus problemas y sus condiciones adversas no tienen solución, su padre no ha muerto porque Dios quiso sino simplemente por el infortunio del universo, y su incapacidad de conformarse con el pensar que alguien más (Dios) tenía planeada la muerte de su padre para un fin misterioso, le crea un conflicto existencial en si mismo. Durante esta época, los inicios de lo que consideramos la modernidad ya se estaba desarrollando y podemos encontrar aquí una muestra de las infelicidades que la modernidad le trae consigo al sujeto individual. Berman habla sobre la modernidad y se refiere a esta contradicción entre lo que somos como entes racionales pero sin respuestas, dice: “Ser modernos es vivir una vida de paradojas y contradicciones. Es estar dominados por las inmensas organizaciones burocráticas que tienen el poder de controlar, y a menudo de destruir, las comunidades, los valores, las vidas, y sin embargo, no vacilar en nuestra determinación de enfrentarnos a tales fuerzas, de luchas para cambiar su mundo y hacerlo nuestro. Es ser, a la vez, revolucionario y conservador: vitales ante las nuevas posibilidades de experiencia y aventura, atemorizados ante las profundidades nihilistas a que conducen tantas aventuras modernas, ansiosos por crear y asirnos a algo real aun cuando todo se desvanezca”. Él, le agrega un elemento motivador a la razón. No sabemos quienes somos, pero queremos cambiar las condiciones adversas.

A propósito de la cita, nos encontramos posteriormente y reforzando la crisis emocional de la modernidad, que aparece el nihilismo fundamentado por un Nietzsche que aborrece algunas de las consecuencias del uso de la razón, pero al mismo tiempo la defiende al considerar que nos aleja de pensamientos mediocres y conformistas, en las explicaciones religiosas de los fenómenos. Kierkegaard aparece con su Tratado de la Desesperación, buscando una explicación a ese sentimiento humano de enojo e incertidumbre. Una explicación de “Dios lo quiere así” solucionaría muchos de estos conflictos y Zaratustra nunca habría aparecido buscando una solución a ese desarraigo a la felicidad que nos caracteriza. Mas allá en el siglo XX, aparecen autores como Sartre o Camus, cuyo dolor ante una humanidad que no siempre está orientada al progreso (sociedad post II Gran Guerra) les lleva a crear preguntas sobre la vida sin parangón alguno, llevando a una gran cantidad de personajes de sus novelas y obras teatrales al suicidio, como solución última de los conflictos que la razón no puede explicar. Incluso Franz Von Gerlach, personaje sartreano, decide encerrarse en un ático durante décadas, incapaz de presenciar con sus propios ojos la destrucción de la guerra. Otra respuesta que con la razón no se puede encontrar, Dios nos habría dado una explicación muy simple, le dejo a Ud. la maquinación de la misma. Por ahí entonces la modernidad se convierte en una ironía como decía Kierkegaard. La adoramos por los grandes avances que nos ha brindado, pero la detestamos porque nos ha traído un vacío y una crisis existencial inédita a nuestra sociedad. El egoísmo humano nos lleva a pensar que somos los primeros en sufrir esto, cuando por cientos de años el ser humano ha sufrido por esta incapacidad de razonar hacia la felicidad, pero cada vida cae en los mismos conflictos. Vida sin propósito y lugar impreciso en el mundo.

Lo peligroso de estas situaciones, recae en cuando una sociedad completa pierde la esencia de sostenerse en Dios y queda sola ante la adversidad, los métodos productivos y la carencia de valores dogmáticos. Si bien cierto la religión ha causado una gran cantidad de muertes, ejemplificadas en las Cruzadas y otros eventos, la responsabilidad de esto puede achacarse a intereses no psicosociales de los actores y de la estructura de la Iglesia, más que a una condición general del imaginario colectivo de una población. Por otra parte, este desarraigo ha llevado a sociedades a buscar la respuesta en líderes que les parecen racionales y omnipotentes y al encontrarse una sociedad confundida, se abre de patas ante lo que puedan meterle. Ejemplos de esto nos lleva a los casos tradicionales de Hitler, Mussolini y Franco, cuyo liderazgo llevó a las sociedades a sustituir al concepto de Dios que alguna vez fue su opio (oh no, más Marx) por estos hombres. La situación empeora cuando esta construcción lleva a las sociedades a confiar en líderes que pueden cometer errores gigantescos y por creerse dioses, llevar la humanidad a padecer males inimaginables. Por otro lado, Dios no interviene en la humanidad, y creer ciegamente en él solo tiene riesgo cuando se cree ciegamente en la Iglesia, cuyos líderes pueden convertirse en caudillos como Hitler o Mussolini, pero poseen un discurso que les dificulta cometer acciones atroces con impunidad.

Dostoievsky estaba de acuerdo conmigo y gran parte de su obra afirmaba que la existencia de Dios era cierta y no podía ser negada ya que sin el mismo no encontraríamos una manera de organizar nuestras vidas y aferrarnos a elementos que psicológicamente no podemos evitar. Somos muy débiles para poder vivir sin Dios y tenemos que dejar la vanal razón para aferrarnos a algo mucho más grande que el ser humano. Cuando sienta que tiene preguntas que no puede responder, se sienta confundido, y poco conforme con pensar que Dios tiene la culpa, sepa que ud, yo y Hamlet somos víctimas de la modernidad.

2 comentarios:

ººEl Chamukoºº dijo...

Demasiado profundo el post, tiene a todos los personajes de la galaxia...

Anónimo dijo...

MUY INTERESANTE LO QUE EXPONES!

Somos producto de nuestro tiempo, seres modernos! je!...

Veremos que nos trae aparejado la post modernida...
maru