sábado, noviembre 08, 2008

Sobre preguntas simples y pertinencia

Que difícil es diferenciar, corresponder y tener el discernimiento necesario para actuar siempre de manera correcta.

I.

Un día de estos en una de las tantas giras del partido en uno de esos lugares remotos, me tocó una de esas situaciones que por su constancia y ligereza con que se toman usualmente les ignoramos la relevancia. En medio de un pueblo mayoritariamente agrícola y donde el acceso a las mieles de la tecnología es mucho más limitado, un ciudadano “de a pie” hace la pregunta directa a mi persona: ¿Porque Liberación? ¿Porque debería votar por su partido? Acto seguido cae un balde de agua (¿fría?), y las reflexiones que se pueden hacer basadas en esa pregunta y en la potencial respuesta dan para escribir cientos de páginas.

Lo primero que se viene a la mente es la cantidad de información y material que poseo para responder esa pregunta, es más, podría hablar horas de horas al respecto y transmitir tantísimas razones, experiencias y consideraciones a la persona para que esté de acuerdo conmigo y explicar tanto mi comportamiento como la afiliación partidaria. Desgraciadamente, una conversación pseudo-coloquial de ese tipo merece unos 30 segundos o un minuto de atención como máximo, no hay tiempo para desarrollar ni para dar razones complejas y la necesidad de efectividad y consistencia debe ser digna de la responsabilidad con que cargo al ser preguntado sobre ese tema.

Lo que desearía es simplemente como tener un puerto USB en mi cabeza, poder conectarle una llave maya y darle todo eso a la persona. Estoy seguro que terminaría convencida igual que yo de lo que creo y de las convicciones, ya que personalmente considero que son intelectual y personalmente honestas al responder a objetivos ulteriores antes que a intereses personales. Entonces, ¿por dónde empiezo? Le respondo con un criterio histórico, con un criterio económico, social, populista, retórico, clientelista, partidista, filosófico, o pragmático; cada respuesta podría girar a una discusión gigantesca y a una inefectividad absoluta ya que la única efectividad se daría si se diera una traducción absoluta de toda la información y no pedazos sueltos, que a nivel de discurso y de manera imprevista pueden salir inconexos e inconsistentes.

La solución simple y la comúnmente utilizada por la política tradicional es simplificar el mensaje en consignas y frases clave, citas de próceres, pequeños ejemplos y construcciones sencillas pero políticamente efectivas, mas con la limitación de su incapacidad de generar criterio y de convencer a quien previamente no esté convencido. Una máxima de la teoría política es su relación inversa en utilidad y efectividad con el mito político: es N veces más efectivo proferir un mito para explicar un fenómeno –pese a la falsedad semántica del mismo- que una teoría científica debidamente sustentada. La pregunta es: cuando un ciudadano común y corriente solicita información y más aún, solicita una opinión personal de las razones para seguir un partido o compartir un ideal, ¿será sincero el responder con esas consignas y con esos mitos? Es posible que incluso la persona quede decepcionada de una respuesta por la falta de shonestidad y el que prevalezca el criterio de oportunismo político antes que el de una retroalimentación legítima de opiniones.

Cuando esa persona hace la pregunta me encantaría darle cientos de respuestas: porque considero que un partido no debe ser únicamente una estructura ideológica sino un ente histórico-sistémico dentro de la sociedad a la que pertenece, me encantaría decirle porque creo en el comercio y en porque la incapacidad de determinar empíricamente la elasticidad-precio del trabajo hace imposible la aplicación práctica de la Curva de Laffer, me encantaría decirle porque Feuerbach me tiene ahí y no en mi casa únicamente estudiando, gozaría de discutir por horas con esa persona mis consideraciones de la superioridad del reformismo democrático sobre los ideales revolucionarios y el porqué la trampa de la pobreza imposibilita una sociedad donde la movilidad social sea única y exclusivamente patrocinada por la empresa privada; la conclusión inevitable es, ¿iré a poder transmitirle todo eso y más? Incluso puede que termine enredando a la persona aún más y quedando como un intelectualistoide pedante, o en el otro extremo, como un populista carente de contenido. ¿Voy a dedicarme 2 horas a discutir con cada persona que me haga la pregunta, cuando en muchos casos puede ser realizada sin interés alguno y sólo por hacer conversación?; o voy a desaprovechar una importante oportunidad de discutir sobre temas relevantes con una persona que puede tener una perspectiva diferente? La respuesta simple e intuitiva es que se debe lograr un balance. ¡Qué fácil decirlo!

El problema es grande y se debe solucionar intuitivamente en fracciones de segundo dentro de la cabeza, al mismo tiempo en que se construye una respuesta lo suficientemente coherente, completa y consistente posible. Y piénselo ud. mi estimado lector no únicamente en mi caso particular sino en su situación personal. ¿Nunca le ha pasado que alguien le pregunta el por qué de algo sobre lo que ud. está totalmente convencido, pero en el momento le es imposible formular una respuesta digna de toda la información y todos los criterios que le han llevado a formular su posición? Desde un bus hasta un aula universitaria, esa situación se nos puede presentar en cualquier momento. Schopenhauer mencionó el escenario desde hace más de 150 años, pero sus soluciones son la utilización consciente de falacias y trucos erísticos, un criterio donde prevalece la máxima de "el fin justifica los medios" y que no estoy dispuesto a aplicar.

El segundo problema, que puede ser incluso mayor que el primero es el de la pertinencia política de la respuesta. Una máxima tan elemental que siquiera es mencionada la mayoría de veces es que cada cosa debe ser dicha donde corresponde, en aras de la efectividad y de dar a cada cosa su lugar.

Pero la cosa se pone complicada. El problema es hacer una valorización o un juicio sobre la respuesta que merece quién le está haciendo a uno la pregunta, y la arrogancia que puede transmitirse mediante esa categorización. Es muy fácil hacer valorizaciones prejuiciosas, principalmente cuando se está en un “pueblo” y se subestima a quién hace la pregunta; una respuesta que potencialmente pueda ser condescendiente puede tener consecuencias catastróficas, de darse el caso en que la persona es realmente preparada para profundizar más allá de ideas panfletarias, y viceversa.

En cuestión de segundos entonces, se debe hacer una categorización de la persona, de sus condiciones sociales y del nivel educativo que debe tener para concretar una respuesta de acuerdo a eso, en aras de la mayor efectividad posible en la respuesta. Una vez más, ¿el intelectualoide pedante o el populista vacio?. El problema es que casi siempre esa respuesta que uno de o esa categorización tan veloz va a ser errónea, y terminará en un desastre, igualmente que una respuesta predeterminada y planeada para todos los casos o potenciales preguntas, carece de absoluta sinceridad inevitable de esconder y por lo tanto: desastre.

Estimo que la habilidad necesaria para causar siempre la respuesta correcta debe tomar décadas de experiencia para pulir, y el desarrollo de complejidades como la pertinencia política o la valorización de la respuesta que merece la persona son asuntos altamente sensibles como para tratar dentro de los grandes centros de discusión político partidaria, más aún cuando algunas de las posibles respuestas y de los principios no son deterministas ni fijos: todos tenemos una diferente concepción de la ideología, del ideal o del partido y diferentes razones para seguirlo, pese a que existen elementos comunes que nos unen. Es la magia de la fenomenología de la convergencia que rige a casi todas las instituciones sociales en que vivimos inmersos todos los días.

La hipótesis fatalista es que no existe esa respuesta correcta, no debe existir valorización ni debe suceder que pasen todos los argumentos por la cabeza de uno cuando alguien le pregunta el por qué de lo que uno cree, la situación siempre está precondicionada a la intención de la persona cuando hace la pregunta y a sus creencias anteriores. La utilidad de causar un convencimiento profundo con una respuesta de 30 segundos es prácticamente nula. La búsqueda de un elemento que cause un efecto por más mínimo que sea y logre enganchar a la persona y le motive a profundizar sobre la temática es el fin último por más soez y vulgar que parezca. Definitivamente hay mucho que podemos aprender de Orwell, para no tratar a las personas como una elemento sobre el cual se puede realizar cualquier tipo de ingeniería, y no convertir a la política en esa práctica tan despreciada y desvirtuada en que se ha convertido, al fin y al cabo, todos estaremos tratando inútilmente de cambiar el mundo, hasta que suceda una de dos: o que perdamos la vida o que decidamos rendirnos.

En fin, chispas del oficio (odio ese dicho, maldita sea).

1 comentarios:

Terox dijo...

Yo había cavilado sobre esto a raíz del TLC, y las "campañas del miedo" (de ambos lados).

Yo intentaría algo así: "Vea, de lo que he estudiado, y visto, no sólo de lo que dicen, sino de lo que hacen, y sobre todo, por qué lo hacen, los políticos y dirigentes en Costa Rica, he llegado a la conclusión de que, sin ser perfecta, la opción liberacionista es el que da más chance para un buen gobierno, en general, para el país"

y a partir de ahí, ofrecerse a entrar a temas específicos.

¿Vos qué dijiste?

PD. Yo tampoco creo que se pueda cambiar la forma de pensar de alguien asi no más. Pero a lo mejor, se siembra una semilla o una inquietud, que eventualmente lo haga cambiar de opinión...